e premte, 22 qershor 2007

¡Qué inédita vecindad!


En un barrio que está lejos de ser ameno o tranquilo para vivir, las relaciones entre vecinos no son para nada buenas. Con dos versiones totalmente opuestas para un mismo caso, evidentemente alguien está mintiendo. ¿Pero, cuál será la verdad detrás de este conflicto de vecindario?

Después de más de año de sucedido los acontecimientos, el caso recién llega a tribunales el jueves catorce del presente mes. Dos amigos que parecieran inseparables, son acusados de tres robos y han estado en prisión preventiva esperando este día.

Angelo Ricci pareciera ser una persona sana, común y corriente. En cambio, Luciano Gibson tiene toda la facha de ser todo un “personaje”. Ambos mantienen una amistad de varios años, vivieron juntos y ahora son vecinos.
Por su aspecto, pareciera que a Ricci no le fuese mal en la vida. A pesar de que su oficio era ser ayudante de limpiador de piscinas, pero las primeras impresiones suelen ser equivocadas. Él sufre de trastornos de pánico, alucinaciones, inestabilidad afectiva y baja autoestima, y obviamente nunca pudo mantener una pareja o un trabajo estable. Sin embargo, heredó una casa cerca de la esquina de Américo Vespucio con La Granja, la cual le arrendaba a su amigo antes de ser arrestados. En esta casa, es donde dicen haber estado compartiendo un asado y tomando bebidas alcohólicas el día del incidente.

Gibson, es más conocido como “el chano” y su sobrenombre no lo podría describir de mejor manera. Es de tez morena, con aspecto descuidado y con una cara que refleja que es un poco lerdo, hecho que se comprobó durante el juicio ya que se contradijo mucho, respondió con muchas incoherencias a las preguntas y no supo su número de Rut al serle consultado. Además, tiene una afición por las artes marciales, lo que se demostró el día del arresto; le hace culto a la religión musulmana y tiene como ídolo a Osama Bin Laden.

El día 26 de mayo de 2006, ocurrieron una serie de incidentes entre vecinos. Pero, la versión de Ricci y “el chano” es totalmente opuesta a los de los otros afectados, tres personas que aseguran haber sido victimas de un intento de asalto por la pareja de amigos, cada uno por separado, en un lapso de tiempo menor a una hora.

Ellos ya tenían mala fama en el barrio y sus antecedentes judiciales no le juegan a favor para desmentirla: Ambos fueron condenados anteriormente a varios años de cárcel por robo con violencia y con fuerza. De todas formas, los amigos aseguran que los supuestos robos no son más que un complot vecinal con ayuda de la policía.


El juicio

Todo partió, según el dúo, cuando después de beber en excesos decidieron salir a comprar cigarros. Momento en que se encontraron con Juan Espina, vecino de sesenta y dos años que aseguran los fue a increpar por el desmedido ruido que estaban produciendo. Es aquí cuando se armó la trifulca.
Durante la declaración de Ricci en el juicio, dice que Espina lo atacó con un palo. Pero que él pudo arrebatárselo, para posteriormente devolverle la agresión con varios golpes con el mismo objeto. Chano “apoya” esta coartada asegurando de que él se encontraba ebrio y que no se acuerda de nada.
Lo raro de lo declarado, es que Espina resultó con un par de heridas corto-punzantes, lo que explica Ricci, fueron productos de una de las caídas del hombre en una superficie donde se encontraban materiales de construcción. Lo que la otra cara de la moneda desmiente y asegura de que fue víctima de un intento de asalto y atacado por Ricci con uno de los sables que chano guarda por su afición a las artes marciales y que este último además, le atacó con patadas karatekas.

Ricci continúa su historia diciendo que a la escena de la pelea llega una señora de cuarenta y cuatro años, Sara Huerta. Ésta intenta ayudar a Espina, propinándole una serie de carterazos a Ricci.
La acusación de robo con intimidación hacia la dupla es refutada por ellos con el argumento de que producto de los forcejeos, la cartera de la señora es expulsada casualmente hacia el interior del recinto del chano. Quizás uno de los puntos más débiles en su coartada.
Al acontecimiento relatado por Ricci se suma ahora Marcos Valenzuela. Un joven de veintitrés años que pasaba por afuera del recinto del chano en su bicicleta y que también habría intentado ayudar Espina, introduciéndose en la disputa, que ya la integraban cinco vecinos en total.
Valenzuela en cambio, alega un intento de robo por la pareja que pudo ser repelido gracias a que llevaba consigo un bate de béisbol. Este es el punto que más fuerza le dio a la versión de los acusados ya que no mucha gente anda por las calles con uno de ésos.

Al terminar su declaración en el juzgado, Ricci sufre uno de sus ataques de pánico. Y no es para menos, enfrenta una posible cadena perpetua (sus antecedentes, junto con una posible serie de robos en tan poco tiempo podría ser castigada seriamente) y sabe que su declaración, junto con la de chano no fue muy convincente. Treinta minutos de receso para después conocer la versión de los tres vecinos. Estos desmienten todo lo dicho por los yuntas y aseguran que nunca hubo una riña y que nunca se vieron los tres hasta después consumado los intentos de robo. Pero las contradicciones en sus declaraciones abundan y nada queda lo suficientemente claro como para estar seguro de algo.

Lo que si es seguro y no hay desacuerdo entre las dos versiones, es que una vez ya terminado todo, los acusados fueron a la casa del chano para evitar cualquier otro problema. Donde irrumpe carabineros, según Ricci con una violencia extrema para detenerlos y que al ver que no tenían ninguna especie robada, los inculparon deliberadamente haciendo un montaje al poner los objetos en el interior del recinto.


El veredicto

Llegaba la hora de la verdad.
La tensión se respiraba en el tribunal. La espera para el comienzo del veredicto se hacía eterna. Los gendarmes mostraban una sonrisa irónica, la gente hablaba, pero los imputados callaban. Todos esperando una resolución a este caso que ya estaba apunto de acabarse.
Chano no dejaba de mirar un punto fijo, pareciera estar en una especie de trance místico musulmán o karateka, o lo mejor con mucho sueño. Cerraba sus ojos y bajaba la cabeza.
Ricci, hiperquinético, se esforzaba para beber agua. La esposas en sus muñecas le molestaban, pero parecía molestarle más la larga espera.

El juez comienza hablar. Chano, seguía en su trance. Ricci, con su vaso de agua al alcance, por sí acaso le llega a dar otro ataque.

De los tres actos cometidos, sólo dos tuvieron condena. Mientras lo ocurrido con Marco Valenzuela no puedo ser comprobado, el fallo condenó lo cometido en contra de Espina y Huerta como robo frustrado y consumado respectivamente. La sentencia de cúanto es el tiempo que deben cumplir en cárcel aún debe esperar. Pero lo que ya está sentenciado es que el barrio de estos vecinos es digno para pensar en mudarse seriamente.

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